A veces me apetece soltarlo todo de golpe. Dejar de callar todo lo que pasa por mi mente y mi corazón; gritarlo, sacarlo fuera de mí, y no dejar que vuelva a entrar de nuevo dentro.
En ocasiones llego mucho más lejos, e intento describir las preocupaciones que me atormentan y que muchas veces llegan a tapar mis sonrisas. Pero en ese momento mis labios empiezan a temblar y mi lengua se bloquea haciendo que sea imposible articular palabra alguna.
Se que muchas personas, más bien la mayoría de la humanidad, cuando cuentan sus pensamientos más atormentadores, se sienten liberados al menos en parte, como si se hubieran desprendido de la máscara triste que tenían puesta en su cara. Pero yo... no soy así. No es que no me guste contar mis cosas, es que no me sale. No quiero descifrarte mi mente para que puedas entenderme, no quiero que me escuches atentamente, o que finjas hacerlo. No quiero que muestres falsa preocupación por mí, cuando se perfectamente que en cinco minutos lo habrás olvidado. No quiero que me digas que todo va a salir bien, que no hay mal que por bien no venga, que todo es cuestión de tiempo... que todo tiene solución. No quiero escuchar todas esas frases que ya me han dicho ciento de veces. Por eso cojo un bolígrafo, una hoja, y me pongo a escribir, a hablar con la única persona que alguna vez a llegado a entenderme... conmigo misma.